
Todos conocemos a alguien que ha presentado herpes zóster o «culebrilla». Esta enfermedad se caracteriza por la aparición de pequeñas ampollas en un solo lado del cuerpo, acompañadas de irritación en la piel y, sobre todo, de un dolor intenso o sensación de ardor.
Las complicaciones a largo plazo son frecuentes si no se recibe tratamiento de forma oportuna. Por ello, es importante reconocer sus primeros síntomas para iniciar el tratamiento cuanto antes y, además, recordar que se trata de una enfermedad que puede prevenirse mediante la vacunación.
¿Qué causa el herpes zóster?
El herpes zóster es causado por el virus varicela-zóster, el mismo que provoca la varicela.
Generalmente, durante la infancia se adquiere la infección por varicela y, una vez que esta desaparece, el virus permanece latente o «dormido» en los ganglios nerviosos. Años después, puede reactivarse y manifestarse como herpes zóster cuando existe una disminución de la respuesta del sistema inmunológico.
¿Qué tan frecuente es y qué puede desencadenarlo?
A nivel mundial, el herpes zóster se presenta aproximadamente en 1 a 3 personas por cada 1,000 adultos jóvenes al año. Su incidencia aumenta hasta 4 a 12 casos por cada 1,000 personas mayores de 65 años. Además, es ligeramente más frecuente en mujeres.
Entre los principales factores de riesgo se encuentran:
- Tener más de 50 años.
- Inmunosupresión (por ejemplo, debido a diabetes, VIH o algunos medicamentos).
- Estrés.
- Algunas infecciones.
¿Qué signos y síntomas caracterizan al herpes zóster?
En una primera etapa suele presentarse dolor, ardor o aumento de la sensibilidad en una zona específica de la piel, generalmente de un solo lado del cuerpo. Estos síntomas pueden aparecer entre 2 y 3 días antes de que se desarrollen las lesiones.
Posteriormente aparece la erupción, caracterizada por múltiples vesículas (pequeñas ampollas) dolorosas sobre una base enrojecida. Con el paso de los días, estas ampollas pueden romperse, formar úlceras superficiales y finalmente convertirse en costras.
La enfermedad suele resolverse en un periodo de 2 a 4 semanas; sin embargo, el dolor puede ser muy intenso y, en ocasiones, no responder adecuadamente a analgésicos convencionales.
Datos de alarma
Se debe buscar atención médica inmediata si:
- Las ampollas aparecen en la cara, especialmente cerca de los ojos o los oídos.
- Existen alteraciones en la visión, dolor ocular, ojo rojo o sensibilidad a la luz.
- Las lesiones aparecen en los genitales.
- La erupción se extiende a varias partes del cuerpo.
- La persona presenta inmunosupresión importante.
¿Qué es la neuralgia postherpética?
La neuralgia postherpética es la complicación más frecuente del herpes zóster. Se presenta cuando el dolor persiste después de que la erupción ha desaparecido, generalmente durante más de 90 días desde el inicio de las lesiones.
Los pacientes pueden presentar:
- Dolor intenso o quemante.
- Sensación de descargas eléctricas («toques»).
- Hormigueo.
- Sensibilidad exagerada al tacto.
- Dolor con cambios de temperatura.
Esta complicación puede afectar significativamente la calidad de vida, especialmente en personas mayores.
¿Cuándo acudir a consulta y cuál es el tratamiento?
Al notar las primeras ampollas o incluso si aparece un dolor intenso localizado antes de que surjan las lesiones, es fundamental acudir a valoración médica, preferentemente con un dermatólogo.
Cuando el tratamiento antiviral se inicia dentro de las primeras 72 horas desde el inicio de la erupción, es posible disminuir la duración de la enfermedad, reducir la intensidad de los síntomas y disminuir el riesgo de complicaciones.
El tratamiento puede incluir:
- Antivirales.
- Analgésicos.
- Medicamentos para el dolor neuropático.
- Tratamientos tópicos, según cada caso.
¿Cómo prevenirlo? (Vacunación)
Actualmente existen dos vacunas para prevenir el herpes zóster: la vacuna recombinante (Shingrix®) y la vacuna de virus vivos atenuados (Zostavax®).
La vacuna recombinante es la opción preferida porque ofrece una mayor eficacia y puede utilizarse en muchas personas con inmunosupresión.
Se recomienda su aplicación en adultos mayores de 50 años y en algunos adultos con el sistema inmunológico debilitado. Generalmente se administra en dos dosis, con un intervalo de 2 a 6 meses entre ambas.
La vacunación disminuye de forma importante el riesgo de desarrollar herpes zóster y también reduce la probabilidad de presentar neuralgia postherpética.



















