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¿Luz pulsada intensa o láser colorante pulsado para la rosácea?

La rosácea es una enfermedad crónica, progresiva e inflamatoria muy común. Es un trastorno de la piel que afecta casi exclusivamente la cara y los ojos.
En la piel, los signos y síntomas incluyen enrojecimiento prolongado (eritema transitorio), eritema persistente, telangiectasias (“arañas vasculares”), pápulas (elevaciones sólidas de la piel) y pústulas (elevaciones con contenido de pus).

Factores genéticos, epigenéticos y ambientales están involucrados en su fisiopatología, la cual es inducida por una variedad de detonantes exógenos e endógenos que provocan inflamación crónica.
Esta puede ser iniciada o agravada por múltiples factores, como el calor, el frío extremo, la radiación ultravioleta (UV), y ciertos alimentos o bebidas.

La identificación de los detonantes específicos en cada paciente es uno de los pilares fundamentales del tratamiento de la rosácea, ya que permite evitarlos de manera selectiva y terapéutica. Esta estrategia resulta especialmente útil para prevenir o reducir manifestaciones como el rubor y el eritema transitorio, que responden directamente a los factores desencadenantes.

Las manifestaciones clínicas incluyen telangiectasias faciales, eritema persistente y enrojecimiento centrado en la cara. Además, muchos pacientes presentan síntomas asociados como ardor, escozor, picazón, hinchazón y sensibilidad general en la piel.

Las terapias médicas tradicionales, como antibióticos tópicos u orales, se utilizan comúnmente para la rosácea papulopustulosa. Sin embargo, suelen ofrecer una mejoría limitada en el eritema y las telangiectasias, que son signos característicos de esta condición.

Por ello, se han empleado con éxito dispositivos basados en luz y láser para tratar estos síntomas. Los más comunes son la luz pulsada intensa (IPL) y el láser de colorante pulsado (PDL).

Existen diversas opciones para tratar lesiones vasculares, y se emplean distintos tipos de láser con variaciones en fluencia, ancho de pulso y tamaño del punto, según el tipo de lesión y su localización.
El médico debe seleccionar los parámetros adecuados para cada paciente y realizar, idealmente, una prueba en un área pequeña representativa. El protocolo debe adaptarse individualmente considerando el examen clínico, el tipo de piel, la historia del paciente y su respuesta al tratamiento.

Se han realizado múltiples estudios de “cara dividida” para comparar la efectividad de ambos dispositivos, y en general, se ha encontrado una respuesta terapéutica similar. Ambos tratamientos mejoran los signos y síntomas percibidos por el paciente, no solo a corto plazo, sino también con menor número de recaídas a largo plazo.

En conclusión, tanto la luz pulsada intensa como el láser de colorante pulsado han demostrado reducir el enrojecimiento facial, con mínimas molestias y sin necesidad de tiempo de recuperación. Por ello, la elección final queda en manos del médico, quien decidirá según su experiencia y la disponibilidad del equipo.

El resultado dependerá de las características individuales del paciente, sus hábitos de vida y la combinación con otros tratamientos. Por ello, lo ideal es que la evaluación para el uso de cualquier dispositivo de luz sea realizada por un dermatólogo certificado, quien podrá determinar si el paciente es candidato o no para este tipo de terapia.

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